martes, 8 de febrero de 2011

Tanto tuya como mía: España

España, esa idea abstracta, algo oscura, a veces madre y siempre madrastra. Somos españoles, nos jactamos de ello siempre de ello, aunque los políticos traten de separarnos de nuestra patria. En nuestro fuero interno nos sentimos de España.
Por ello pienso el cómo nos tratará la historia –esa sí que es una madrastra-. A los franceses se les tratará como lo que son, un pueblo de inconformistas, la cuna de la libertad y del pensamiento actual. A los alemanes, que menos, como el pueblo más tenaz de Europa, capaces de mantener en jaque a media Europa mientras se pasean por la otra media. Con los ingleses no seré tan condescendiente, se les recordará como esos piratas y saqueadores de la historia, de qué otra manera se puede recordar a los descendientes de Francis Drake. De los italianos creo que me quedaré solamente con su faceta artística, compartimos demasiados aspectos para poder ser, o no, condescendiente.
Los españoles seguramente seamos un caso aparte. Somos herederos del legado de una nación, al igual que franceses, alemanes o ingleses. Y repito, nuestro patrimonio es la nación de España, porque parece que nos da vergüenza decir: “Sí, soy español”. Tal vez tengamos que agradecer esta situación a cuarenta años de “España, ¡Una, Grande y Libre!”. O a los falangistas modernos por apropiarse de mi bandera, o a los curas que bendijeron la cruzada.
La cuestión es que España sigue dividida con más de treinta años de democracia a la espalda. Ya nos somos azules o rojos, ahora somos vascos, catalanes y los malvados castellanos, porque, finalmente, somos los castellanos –castellano viejo y de tradición, faltaría más- los culpables. Los responsables de ser metecos en Bilbao y charnegos en Barcelona. Causantes de que llueva en Galicia o de que haya naranjas en Valencia.
Que si España ha de seguir siendo una indivisible, o 17 diferentes: autonómica o federal. Personalmente me quedo con España, porque es madre, madrastra y ramera. Pero es España, mi tierra y la tuya seas de aquí o de allí, siempre tuya.

martes, 1 de febrero de 2011

El origen del mundo

Para viajar siempre es necesaria una excusa y la excusa de mi último viaje a París fue ir al Museo de Orsay. Allí fui capaz de apreciar entre cuadros de Gauguin, Manet y Mattise a Courbet con el cuadro de título homónimo al de esta entrada. A la primera impresión este controvertido cuadro deja en los visitantes al museo apreciaciones diferentes; si bien, yo quedé encantado con la pintura, una compañera de viaje quedo cuando menos escandalizada. “Es el cuadro de un coño”, dijo, más o menos.
Sin embargo, hoy no voy a dirimir sobre arte, mi falta de conocimientos me lo impide, sino que voy a hacer una exaltación de la feminidad -exaltación que ya realizaron Courbet y otros más grandes-. Dedico este escrito a todas las Agustinas de Aragón, las Damas de Orleans, Isabeles católicas, las madames Bovarys, Butterflys, Rodríguez o Serrano. La feminidad es ese algo incorpóreo, tenue casi intangible, pero que lo inunda todo en mayor o menor grado. Asevero además que aquellos que afirmen que la feminidad es significado de debilidad e incluso algo humillante, afirmarles que tal vez las personas más fuertes en este mundo sean las mujeres.
En esta exaltación de lo femenino aprovecharé para condenar la, muchas veces impune, violencia de género, porque sólo las mujeres son capaces de aguantar, y no deben, ese martirio en vida. Repito la feminidad se encuentra en todas partes, incluso en los hombres, animales o rocas. Encontrarla es arduo y complicado.
Volviendo al Orsay y a Courbet no me queda sino que confirmar mi defensa de lo femenino, por amor, por amor a todas las mujeres que se sienten mujer y están orgullosas de serlo. Por las abuelas, madres, hijas y hermanas, porque todas ellas son símbolo de la fortaleza que da la feminidad.

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